En los primeros siglos de aparición del Estado moderno, el príncipe deja de ser el primero de los señores para ser el soberano del Estado: se convierte en el vértice de una pirámide de poder, vértice en el que se representa lo que los juristas de la época llaman summa potestas. Frente a las tensiones sociales y económicas que caracterizan esta época, los soberanos y sus consejeros reaccionan con un reforzamiento y centralización del aparato del Estado que se traduce en la fórmula de la monarquía absoluta. Y la nobleza, ante la mayor movilidad social y las revueltas contra la jerarquía tradicional, se muestra dispuesta a apoyar el poder absoluto de los reyes.