No hace falta ser muy mayor para recordar viajes en coche que terminaban con el parabrisas emborronado por las huellas de los insectos voladores que se estrellaban contra el, las luces cubiertas por un bullicio de mosquitos y polillas en las noches de verano o jardines animados por un sinfín de laboriosas y a veces amenazantes abejas. Sin embargo, todas estas escenas cotidianas resultan cada vez más extraordinarias a medida que pasan los años: quizá para alivio de algunos, los insectos han desaparecido de nuestras vidas.