La revelación interpretada como «manía» y posesión o como «dictado» divino ha terminado su ciclo. La crítica bíblica desmontó el literalismo. La autonomía del mundo impide verla como intervencionismo milagroso; y la del sujeto, como imposición extrínseca y autoritaria. El sentido histórico deslegitima todo particularismo etnocéntrico. Dios, quiere revelarse plenamente a todos, desde siempre y en todas partes. La revelación avanza gracias a su «lucha amorosa» para vencer las resistencias y comunicar su salvación.