Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero en posesión de una notable fortuna necesita una esposa. Por muy poco que se conozcan los sentimientos o los puntos de vista de un hombre como el que se ha descrito, esta verdad está tan grabada en las mentes de las familias que lo rodean que se le considerará como la legítima propiedad de una u otra de sus hijas.