Echado a la sombra de un hermoso manzano, ubicado en el sitio más sosegado del Paraíso Terrenal, Adán estaba, esa tarde, durmiendo la siesta. De pronto empezó a soñar. El señor le extraía una vértebra del costado y de ella fabricaba un ser extraño y maravilloso, con largas pestañas, ojos grandes, vivaces y ternísimos, boca encendida de coral, mejillas róseas, espléndida cabellera ensotijada y no pocas redondeces perturbadoras.
-- ¡Dios mio! -- esclamó en su sueño, signado por el arrobamiento--. ¡Qué animal más lindo!