Eduardo Mendicutti, ya bien conocido por nuestros lectores, nos tenía reservada una magnífica sorpresa, una de las mejores que un editor pueda esperar: la entrega inesperada del manuscrito de Fuego de marzo, un espléndido libro de relatos que se lee como una novela, porque nos los cuenta el mismo narrador anónimo, en un progresivo desarrollo cronológico, y porque el lector extrae al terminar su lectura la impresión homogénea de una conmovedora evocación de la pubertad. Lo sorprendente, lo casi inaudito, es que, aun concebidos a lo largo de casi veinte años (1976-1995), configuren una narración tan asombrosamente coherente. En efecto, aunque cada relato tenga su propio ritmo, su propio tratamiento, en todos ellos, como estribillos de la memoria de la infancia, aparecen personajes, lugares, palabras y situaciones recurrentes, que se enriquecen y se explican mutuamente. Fuego de marzo cuenta la experiencia de un niño de entre diez y trece años que, guiado por su mirada inquisitiva, nos conduce por el memorial de sus descubrimientos. Descubrimiento de una manera de ser y de sentir
Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948) es autor de más de una docena de obras, entre las que destacan Siete contra Georgia, Una mala noche la tiene cualquiera, El palomo cojo (adaptada al cine por Jaime de Armiñán), Los novios búl...