El autor busca demostrar que la posibilidad general de la escritura fundamenta la posibilidad de la lengua misma. La gramatología implica una reforma del concepto de escritura, una archiescritura lógicamente anterior a todas las oposiciones, y está llamada a desconstruir —no aboliéndolos, sino remontándolos a su raíz— todos los presupuestos de una lingüística cuyos progresos, precisamente, permitieron abordarla.