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TALLERES en Lerner sede norte

VIDA
Y DESTINO
de
VASILI GROSSMAN

Vasili
Grossman compuso durante años el gran fresco de la segunda guerra mundial, Vida
y Destino. Como lo haría Tolstoi en Guerra
y Paz, Grossman
emplearía un centenar de personajes y situaciones para ir mostrando de manera
precisa, recia y múltiple, la vida tanto en los campos de batalla como en las
ciudades. En esta conferencia hablaremos de la estructura general de Vida
y Destino, señalaremos algunos capítulos que permiten ser leídos como
cuentos, y desde luego hablaremos sobre sus principales temas: la libertad, el
espíritu gregario del hombre, el amor en la guerra, la camaradería y la
bondad.
Fernando Galindo Gordillo
Septiembre
12 de 2.009
“COLOMBIA
EN LA
ENCRUCIJADA”
de Amilkar
Acosta Medina
Miembro
de Número
Academia
Colombiana de Ciencias Económicas
COLOMBIA EN LA
ENCRUCIJADA
Amylkar
D. Acosta M
DE
LA HISTERIA A LA HISTÉRESIS
La
crisis global de la economía estuvo precedida de una ralentización del
crecimiento, que desembocó en una recesión generalizada de las economías del
mundo entero luego del estallido de la burbuja inmobiliaria en los EEUU. Por sus
características y sus repercusiones se ha considerado esta crisis como la peor
de los últimos 80 años, afectando el comercio internacional, el flujo de
capitales y de remesas, el consumo, la inversión, el empleo, en fin todas las
variables de la economía. Las proyecciones del FMI, del Banco Mundial, así
como de los gurúes de la economía, del crecimiento de la economía se venían
revisando de manera recurrente, siempre a la baja. Nunca se supo qué tan profunda y prolongada iba
a ser, lo que sí se sabía era que sus efectos serían devastadores y que la
economía global tardaría en volver a la senda del crecimiento a los niveles de
la precrisis. Las bolsas fueron presa de la histeria colectiva; la caída sistemática
primero y su volatilidad mercurial después eran desconcertantes y a ratos daba
la impresión de su desacoplamiento de la economía real, pues esta
iba por un lado y los índices de las bolsas por otro.
Ahora
todo indica que hemos entrado en otra etapa, marcada por el repunte de las
economías de Francia y Alemania, que después de cuatro trimestres consecutivos
de contracción crecieron 0.3% en el segundo trimestre de 2009, sin que ello
impidiera que el crecimiento de la economía de la UE registrara 0.3%, pero
a la baja. Por su parte la economía japonesa también empezó a crecer en
terreno positivo de un impensable 3.7% a ritmo anual. Entre tanto, la economía de los EEUU sigue de capa
caída y se estima que cerrará este año en 2.9% negativo. Nuevamente se está volviendo a hablar del desacoplamiento
de las economías emergentes, especialmente
la de China, con respecto a la economía estadounidense, habida cuenta que
pese a la magnitud de la crisis su economía sigue en pié y no sólo no ha caído en recesión sino que se prevé que crezca entre
un 8% y un 8.5%. Si la crisis no ha sido peor es gracias al empuje de la
economía china y otras economías del Asia, convertidas
ahora en la locomotora de la economía global.
Todavía
es demasiado temprano para hablar de la reactivación de la economía global; es
cierto que la caída libre en la que venía ha cedido, pero ello no se puede
confundir con su recuperación, que será lenta y prolongada. Como tampoco puede
afirmarse en el caso de la economía colombiana que lo peor ya pasó, cuando el
DANE acaba de revelar que en los primeros cinco meses de este año la producción industrial tuvo
una caída del 8.8% y las ventas del 6.9% con respecto a igual período del año
anterior. Como tampoco puede reclamar el Ministro de Hacienda como un logro
de la política económica del gobierno la baja en el índice de inflación a
3.28%, más atribuible a la caida del consumo que a su gestión. Es
bien sabido que en los cementerios no hay inflación porque el consumo es nulo.
Volviendo
a la crisis global, permítanme decirles que con ella la economía entró en un
coma profundo, que obligó a recluirla en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI)
en donde aún sigue conectada al
respirador artificial en procura de su estabilización. Está por verse
todavía si al desconectarla se reanima y sus signos vitales mejoran, antes de
darla de alta. Como lo afirma Mauricio Reina “la recuperación sólo será
sostenible cuando el impulso venga de las familias y no de los gobiernos, cosa
que aún no está sucediendo”.
Todavía la economía global está bajo los efectos del impulso dado por los estímulos
de la política fiscal contracíclica, que le han inyectado adrenalina para
sacarla del sopor en que aún está. Aún está sedada; falta ver cómo
reacciona cuando pase su efecto, si es capaz de caminar con sus propios pies y
sin apoyarse en las muletas que la sostienen. En todo caso las variables que han
sido impactadas por la crisis siguen bajo su influjo y lo estarán por un tiempo
más, debido al fenómeno de la histéresis, que retarda la reacción al
tratamiento de choque que vienen recibiendo. Al temblor le sigue el tremor,
siempre es así.
ESTADO
SOCIAL DE DERECHO O “ESTADO DE OPINIÓN”
En
1999, en mi obra Ajuste fiscal o desajuste
estructural, me anticipé a afirmar con el politólogo argentino Guillermo O´Donnell
que estábamos asistiendo en América Latina al nacimiento y aclimatamiento de
un nuevo modelo democrático, que en nada se parece al arquetipo de las
democracias liberales de Occidente. Él lo denomina democracia
delegativa y sus característica fundamental es que los
ciudadanos, exasperados y desencantados por los repetidos fracasos de los
gobiernos, están dispuestos a delegar todo el poder de decisión en las manos
de un líder carismático, providencial y mesiánico. Dice O´Donnell que
“las democracias delegativas se basan en la premisa de que la persona que gana
la elección presidencial está autorizada a
gobernar como él o ella crea conveniente. El
Presidente es considerado la encarnación de la Nación y el principal definidor
y guardián de sus intereses. La democracia delegativa es fuertemente
mayoritaria¨. Por aquellas calendas gobernaba con su puño de hierro Fujimory
en Perú, Menen en Argentina y acaba de ser elegido clamorosamente Chávez en
Venezuela. Quién iba a imaginar que este engendro de la democracia delegativa
hiciera metástasis en toda la región?
El
“Estado de Opinión” que se viene planteando desde el gobierno es una
genuina expresión de esta nefanda democracia delegativa, que no
sólo es extraña al Estado Social de Derecho, quintaesencia
de la Constitución Nacional, sino que se contrapone a él o, lo que es
peor, pretende suplantarlo. Afirmar, como lo dijo el Presidente Uribe, que
“en un Estado de opinión los temas
constitucionales son de opinión”, implica que la Constitución en lugar
de servir de pacto de convivencia se convierta en campo de Agramante, haciendo
de ella lo que el inmolado magistrado de la Corte Suprema de Justicia Manuel
Gaona Cruz catalogara con acierto una Carta a la carta. En esta concepción
reduccionista se constriñe el concepto de democracia a la ley de las mayorías,
al mayoritarismo, que es la antesala del totalitarismo. Este es el riesgo al que
estamos abocados si sigue haciendo carrera esta entelequia, llevándose de calle
principios tan esenciales a la democracia como son los frenos y contrapesos, la
separación e independencia de las ramas y la alternancia en el ejercicio del
poder. Tanto peor en un país con las características de Colombia, en la que la
opinión es tan casquicabana y en donde se suele confundir la opinión pública con la opinión publicada.
Bien dijo el ex presidente Alberto Lleras Camargo que “en un país mal
informado no existe opinión sino pasión”, será por eso que Colombia es pasión?
Concomitantemente
con el “Estado de opinión” o “comunitario”, como se le denomina a
veces, se ha implantado en el país un modelo económico que lejos de propender
por la cohesión social como se predica, ha contribuido más bién a la exclusión
social. Las cifras hablan por sí solas: Colombia, hoy por hoy, es el primer país
en el mundo en desplazamiento forzado, exhive la tercera más alta tasa de
desempleo después de Suráfrica y España y es uno de los países con mayor
concentración del ingreso y la riqueza en Latinoamérica, la que a su vez es la
región del mundo con mayor iniquidad e ineqauidad. Es más, Colombia fue el único
país en la región que no supo aprovechar el boom de las materias primas y el
quinquenio virtuoso de 2003 – 2007, durante el cual su economía creció al
6%, por encima del promedio histórico de la década anterior del 4%, para
mejorar la distribución del ingreso. Lejos de ello, el coeficiente Gini, que es
su mejor indicador, muestra que en lugar de reducirse la brecha entre los más
ricos y los más pobres se amplió. El coeficiente Gini, en el que 1
es el nivel máximo de concentración y 0 es la igualdad total, pasó de
0.572 en el intervalo 2000 – 2002 a 0.584 en el lapso 2002 ‘ 2005 (¡!).
Estamos hablando, entonces, de un modelo económico pro - rico, pàra beneficio
de unos pocos y en detrimento de los más vulnerables. Ignorar esta triste
realidad es una forma de invitar a repetir con el gitano andaluz sus
imprecaciones, cuando le pedía al Creador tres gracias: la primera que la mujer
no se la jugara, la segunda que si se la jugaba él no se diera por enterado y
tercera que si se llegaba a dar cuenta no le importara nada!
www.amylkaracosta.net
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Agosto
20 de 2.009
STEFAN
ZWEIG

Zweig
consideraba que la vida lidiaba entre dos tensiones, que la historia de las
culturas y el transcurrir de los hombres no era más que el escenario para el
viejo combate, donde cada polo luchaba, cada cuerda se tensaba para tañer la música
del mundo, para crear el dínamo de la vida. La suya, su historia, también cabe
examinarse de ese modo. Indagando los pares y los impares y cada una de las máscaras
donde los opuestos libraron la batalla. Acaso en la realidad no todo sea tan
simple y la contradicción se deba a las palabras y no a los hechos, se deba a
una manera armónica de organizar la experiencia, que dista de ser fiel. En
cualquier caso, así comprendió el universo Stefan Zweig, y los mismos datos
que tenemos, la historia que contaron sus años, nos muestra que al menos en su
biografía, los polos tuvieron la realidad de las palabras.
Zweig
nace en 1881 en una Viena cosmopolita, llena del esplendor de la cultura, en el
seno de una familia judía y adinerada. Su destino literario y artístico era
irrevocable. El joven Stefan prefirió el conocimiento de los idiomas al deporte
que practicaban sus compañeros, la lectura de los grandes clásicos a las
juergas, el paciente trabajo con la
escritura a cualquier materia. Le estorbaba el colegio, las tareas inútiles y
las disciplinas ajenas al arte. Vivió embelesado por la música y las
humanidades, pronto superó a sus profesores e incluso estaba al día con las últimas
revistas literarias. Supo de Paul Valéry cuando nadie sabía de Valéry; entre
sus libros de geometría escondía las últimas piezas de Henrik Ibsen, leía
griego, inglés, francés y latín, y empleaba el dinero con un fervor especial:
el de un coleccionista que adoraba la cultura hasta una devoción casi idólatra.
El
suplicio escolar terminó. Por concejo de su padre ingresó a
la Universidad
, y por decisión suya eligió filosofía. Zweig siempre
estuvo alejado del pensamiento abstracto y decidió cursar la carrera no por
interés, sino porque sabía con exactitud qué hacer. Y lo hizo. Fue a la
universidad tres veces. La primera para inscribirse, la segunda para obtener un
certificado de asistencia y la última para entregar su trabajo final sobre
Hippolyte Taine. Durante esos años Zweig se entregó por completo a la
literatura. Para conseguir mayor destreza en su idioma tradujo la obra de
Rimbaud y Verlaine. Escribió decenas de poesías y por algunos testimonios
sabemos que lo acompañaba siempre una novela.
En
los años universitarios viajó por Europa y conoció el mundo literario del
continente. Trabó conocimiento con los escritores más prestigiosos y con
quienes mostraban una genialidad indiscutible pero no eran conocidos, como Joyce.
La figura del poeta belga Verharen lo cautivó, tanto para pensarse como un discípulo.
Años después sucedería algo similar con Romain Rolland. Zweig ya había hecho
sus primeras publicaciones en distintas revistas. Cuando se devolvió a Viena
para entregar su tesis sobre Taine, encontró que uno de los jurados conocía su
incipiente obra y la admiraba. La editorial Verlag, que por aquel entonces nacía,
compartió esta opinión y le ofreció un contrato de exclusividad por los
siguientes treinta años. Zweig aceptó. Nunca tuvo en su vida un traspié para
publicar. Había ingresado al mundo literario, era considerado junto con Hugo
von Hoffmansthal uno de los autores más relevantes de su generación.
Este
camino en apariencia rectilíneo quedaba enzarzado en una pregunta. Zweig
ignoraba qué escritor quería o podía ser. Si bien manejaba la técnica de
distintos géneros ¿Tendría la creatividad, la fuerza y el aliento suficiente
para embarcarse en una novela? ¿Declaraba su poesía un tipo de altura
semejante a la que admiraba en los demás? Zweig no podía mentirse. Contaba con
el apoyo de su familia, con los recursos, con el tiempo; gozaba de una
sensibilidad indiscutible, había soñado con la maestría y había entrevisto
algunos frutos. Faltaba la empatía. Había vivido en el mundo de la cultura, no
en el mundo. En medio de estas preguntas, que jamás paralizaron su trabajo,
comenzaron a aparecer distintos escritos: obras de teatro, novelas cortas,
ensayos, traducciones. Poco a poco divisó los límites de su creatividad, donde
su aguzada pluma, que durante tanto tiempo había pulido, podía correr sin obstáculo.
Apartado en su “torre de marfil”, dedicado al orbe de las humanidades, Zweig
se había convertido en un ciudadano del mundo de la cultura, donde cada logro
le pertenece siempre a la humanidad. Sin embargo, el mundo preparaba una conmoción
bajo sus pies.
Zweig
había nacido en una ciudad donde la cultura jugaba un rol fundamental y en su
clase, distaba de ser solamente un status de reconocimiento. Sus padres vivieron
en un momento particular en la historia, donde el sueño de la estabilidad y un
mejor destino no era ingenuo. Los logros de la ciencia, el nacimiento de nuevas
disciplinas, el auge de la arquitectura, los nuevos compositores y actores,
sembraron la esperanza en el porvenir. Y Zweig la tuvo. No fue el único que
desconoció las causas que condujeron al continente a la guerra.
La
realidad exhibió su rostro más severo. Zweig había deambulado como muchos jóvenes
vieneses por las calles de la ciudad, había conocido las desventuras y las
preocupaciones de una forma parcial. La guerra le ofreció la vesania, la
insensatez, la brutalidad. Le mostró el dolor. Por un tiempo se mantuvo al
margen de la situación escribiendo frases de apoyo para el ejército. Vio en el
mundo intelectual diversas actitudes, entre todas sintió una admiración
profunda por uno de sus maestros, Romain Rolland, que en lugar de esconderse
detrás de los escritores y llamar a la unión desde la comodidad del exilio,
estuvo a la altura de lo que predicó. Rolland profesaba la paz. Como seguidor
de Tolstoi entendió que el mejor lugar para ayudar era sencillamente estar en
medio del abatimiento y el dolor. Rolland trabajó para
la Cruz
Roja
, pero en lugar de ocupar la honrosa plaza de enfermero que
tuvo Whitman, trabajó enviando comunicados, escribiendo cartas, dando noticias.
Y desde allí se convirtió en la conciencia de Europa, clamando no por un
partido ni por una patria, sino por la unidad, siempre.
Solo
una vez Zweig enfrentó el dolor más pleno de la guerra, mirando los cadáveres,
oyendo a los enfermos. Comprendió aún más a Romain Rolland. Comprendió como
muchos en Europa que cuando se discurre de la guerra se habla sólo de una
palabra, cuyo significado es imposible de entender porque su realidad es casi
imposible de soportar. Zweig no dio crédito cuando en Francia se debatiera si
debían socorrer a los soldados alemanes. Miró con extrañeza y desconsuelo la
postura de algunos intelectuales, que ante el “ídolo” de cierta patria
sacrificaban sus amistades, sus creencias, sus valores.
Europa
se estaba desmoronando. Pero ¿no es ésa una manera muy noble de comprender la
guerra? Zweig creyó que la principal víctima del combate era la cultura que lo
había criado, que había velado por él desde niño. Como muchos Zweig entendía
de inocentes. Y él y los suyos estaban en ese bando, los novelistas, los
intelectuales, los poetas y los científicos, los músicos y los arquitectos
estaban al margen de cuanto ocurría, ninguno había sido un diente del
engranaje, ninguno había sido negligente, ninguno había permitido. Sin embargo
no todos entendían a los demás de la misma forma. La pólvora de las balas
transformó todas las disciplinas en campos de batalla: soldados contra
soldados, políticos contra políticos, escritores contra escritores, artistas
contra artistas, naciones contra naciones. Europa no se desmoronaba, se había
convertido en una caricatura de sí. Quedaban, no obstante, reductos para la
conciencia del absurdo, para algo de esperanza, ¿hubo espacio también para la
redención?
Bajo
la consigna de Rolland, Zweig se empeñó a luchar contra la guerra. De esa época
data su drama Jeremías, que
fue recibido con entusiasmo. Es un gran clamor por la paz. Como lo haría otras
veces en el futuro, Zweig se refugió en el pasado y recreó algunos escenarios
para denunciar los males que afligían a su tiempo: el nacionalismo, el
fanatismo y la intolerancia.
Después
del fin de la primera guerra mundial, el malestar general de las década de los
veintes no fue ajeno al autor. La herida de la guerra seguía muy frágil. Pero
el trabajo literario pronto comenzó a ser un aliciente. Entrevió una serie
llamada los constructores del mundo. En Tres
maestros, tres novelistas: Balzac Dickens y Dostoyevsky; el hombre y la
sociedad, el hombre y la familia y el hombre y el infinito. En La
lucha contra el demonio: un poeta, Hölderlin, un dramaturgo, Von Kleist
y un pensador, Nietzsche, los tres víctimas de la locura, de la desmesura y del
infinito. En Tres poetas de su vida le dedica ensayos a Stendhal, Casanova
y Tolstoi. En La lucha contra el espíritu
avanza en busca de Freud a partir de dos movimientos: el primero, Mesmer,
que dejaba a las personas en trance a partir de la piedra filosofal, el imán
según él; el otro, Mary Baker Eddy, la fundadora de la Christian Science, que
sin saberlo curaba con la sugestión. En cada uno de estos ensayos Zweig utiliza
un análisis psicológico que propala causas y está atento a cualquier patrón,
a cualquier semejanza. Zweig escoge a sus personajes con un propósito casi pictórico,
en busca de afinidades, de gradaciones y de una comunión de espíritu.
Suministra datos biográficos, hace semblanzas, compara, no teme proponer los
resortes más recónditos de las acciones y de las obras. En sus primeros
ensayos se advierte una cercanía inevitable con los autores y su destino. Le
resultan afines aquellos que descubren los modos y las maneras de la psique, el
lento y casi indescifrable traslado de una emoción a otra, la obediencia
irresoluta de la razón al deseo, los abismos del espíritu, lo desconocido. Su
capacidad para evocar el pasado cobró fuerza, también la habilidad para entrar
en los más oscuros pasajes de la psique del artista, del amante, del proscrito.
Entre estas piezas hay algunas de una fuerza incontenible, como la dedicada a
Nietzsche en La lucha contra el demonio.
Sus
primeras obras de ficción, novelas cortas o cuentos, muestran pasajes y
escenarios de la vida diaria… sólo para mostrar cómo la monotonía oculta a
menudo un volcán. Lo suyo no se parece a un cuento, en el sentido clásico del
género. Sus obras de ficción distan de las hazañas heroicas, tampoco nos
sumerge dentro de la burocracia o la sencillez de la cotidianidad, prefieren una
trama que enfrente al unísono los contrarios; como lo haría en sus demás
libros, como lo haría siempre, la vida era el escenario, el trasfondo de los
protagonistas verdaderos de su obra, las emociones, los opuestos, la manía y la
incertidumbre, la inspiración y la locura, el abatimiento, la depresión y el
tedio, la tristeza repentina, la felicidad inexplicable. Zweig forma las tramas
para exhibir los tempestuosos movimientos de la psique. Ésos eran sus límites,
esa fue la conciencia que adquirió.
Y
dentro de ellos evitó cualquier lentitud. En sus años de formación se adueñó
de la técnica y en su madurez buscó una virtud que fuera suya, que fuera afín
a una de sus principales características, la impaciencia. Todo lector la
comparte en determinadas dosis, decía. Zweig no toleraba las descripciones
pormenorizadas, los pasajes superfluos, los personajes innecesarios. Quería
escribir la obra que añoraba como lector. Ágil, veloz, llena de intriga, con
ese fin dedicaba noches enteras a encontrar pasajes superfluos y suprimirlos por
completo. Pensó que la literatura universal adolecía de un mal insoportable
para el lector, incluso le propuso a su editorial el osado plan de reducir a la
quintaesencia las obras más importantes desde
la Iliada
hasta
Los hermanos Karamazov. Obraba
en cada párrafo en busca de la agilidad; a sus libros los dotaba del contraste,
de la antítesis, del juego de los opuestos. La impaciencia lo condujo a una
virtud.
Esas
cualidades convirtieron a sus biografías en un éxito rotundo. Su vocación de
biógrafo y el auge del género cuentan con diversas explicaciones. Su gusto por
la historia y las innumerables herramientas que las diversas disciplinas le
proporcionaron; su talento para evocar y penetrar en la psique de los
personajes, en los secretos más recónditos, en las contradicciones más
fuertes. Lo mismo que hiciera su maestro, Romain Rolland, Zweig documentaba cada
una de sus obras con un cuidado exquisito, sin embargo, cuando emprendía la
redacción, cumplía con exactitud sus máximas: ése, decía, era su principal
talento; escribía cientos de páginas, consignaba todo tipo de información,
pero siempre buscaba pasar con mayor velocidad de los valles a las crestas. En
sus biografías y en sus ensayos utiliza el contraste como una manera de exaltar
las principales características de sus personajes. En María Estuardo por ejemplo usa a Isabel: la primera más
reina por descendencia; la otra, por carácter; una tierna, amada y amante;
aquella, fría y severa. En Triunfo y
tragedia de Erasmo de Rótterdam presenta el sosiego y la tolerancia de
Erasmo, frente a la vehemencia y el fanatismo de Lutero; el uno testigo del
mundo, el otro protagonista. Entre sus biografías cabe destacar por sus
particularidades dos: en Fouché, el
genio tenebroso, Zweig abandona a los intelectuales y las cortes por un
alma atribulada por la ambición, dotada de la complacencia y el engaño,
favorecida por su sagacidad cuando no por la fortuna. En Magallanes
deja las cortes, las confabulaciones y los artistas por la simple y
llana aventura. Y como en la miniatura sobre Balboa, en Momentos
estelares de la humanidad, escribió una obra llena de emoción,
mostrando la inconmensurable osadía de los conquistadores y navegantes del
siglo XVI.
Además
de
La Impaciencia
del Corazón,
la novela más extensa que escribió, Zweig compuso varias novelas cortas que
consiguen cautivar sin dificultad a cualquier lector. Heredero de la tradición
del XIX, lector voraz de Dostoyevsky, quiso mostrar las profundidades de la
psique. En Noche fantástica, cuenta
la historia de un joven que añora sentirse vivo a toda costa, asumiendo
cualquier riesgo, atrapando los estertores de vida en el hipódromo o en las
callejuelas, con una sed incontenible, sin que le importase el dinero, su
reputación, su misma vida. En Veinticuatro
horas de la vida de una mujer, el autor delega en uno de sus personajes
su análisis. En un casino, solo con detallar las manos, una mujer descubre a un
suicida… y lo salva, y se compadece, y se enamora.
Zweig
obtuvo un éxito fantástico. Sus obras fueron llevadas a los escenarios; sus
biografías se vendieron por doquier y pronto fueron traducidas a decenas de
idiomas. Durante estos años su colección siguió acumulando fabulosas piezas:
contaba con partituras de Bach y Mozart, tenía manuscritos de Nietzsche; sus
amigos, tanto escritores como músicos, no dudaban en obsequiarle más joyas
para su copiosa colección… A pesar del éxito, Zweig no había recuperado el
mundo que la guerra había destruido. Sufría de una irritabilidad recia, era
incapaz de quedarse en un lugar y veía con estremecimiento la llegada de la
vejez. También sentía algo siniestro que rondaba Europa. Muchos señalaron que
parecía guardar una valija detrás de la puerta y estar preparado en cualquier
momento para partir.
En
una de sus conferencias habla de dos tendencias recurrentes en la historia
europea. Del mismo modo que nunca dejó de pensar al hombre en medio de dos
polos, también sintió que la historia estaba bajo el yugo inevitable del
enfrentamiento. A la unión del imperio romano le siguió la ruptura, la
disolución de la sociedad en sus partículas más pequeñas que produjeron la
edad media; más adelante los intelectuales del renacimiento encontraron la
manera de discurrir en un mismo escenario a pesar de las diferencias y los temas
que trataran. De nuevo aconteció la disolución, las dos fuerzas, la fuerza
centrífuga y centrípeta disputándose el curso de la historia. Los
nacionalismos, la reconciliación, la tregua y la guerra, eran máscaras de un
flujo que pasaba de un lado a otro. Zweig había conocido los dos. La guerra
separaba; la ciencia y el arte unían. El trayecto era inmisericorde. Sin
embargo Zweig mantuvo una fe particular. El tiempo se mostraba recio con las
construcciones del hombre, pero también trataba con amabilidad las producciones
del espíritu. El arte vencía al cambio. El artista obraba en lo duradero.
Zweig
guardaba la fe tanto en la creación artística como en la perdurabilidad del
arte. Tal vez nada podamos decir de la primera. Resulta un territorio
inexpugnable, cuya intimidad franquea la entrada. Schopenhauer consideraba que
la ejecución del arte era una forma de interrumpir el inexorable flujo de la
voluntad. Si bien el hacer puede aislar o reconciliar al hombre con los giros
abruptos de la realidad, la perdurabilidad de las obras está sujeta a un sin
fin de golpes. Aunque lo quisiéramos las más altas producciones del espíritu
no están inmunes ni separadas del cambio de las circunstancias, de la
transformación de los valores. No podemos juzgar ingenua esta fe. Para Zweig el
arte había sido su vida, su dedicación, su verdadera patria.
Con
el ascenso del nazismo comenzó el último movimiento de su vida. El régimen
repudió sus libros y los arrojó a la hoguera. En esta ocasión la herida fue más
profunda. Zweig viajó, ya me aventuraba a escribir huyó, a Londres, allí
escribió a favor de la tolerancia y en contra del fanatismo, mantuvo
correspondencia con diferentes escritores, asistió al llamado de Rolland e
incluso logró uno de sus mayores triunfos literarios: le escribió a Mussolini
para que liberara un prisionero y Mussolini, admirador de su obra, lo liberó.
Zweig podía irse de Europa, pero vivir en el exilio del mundo que amaba era
insoportable. Tuvo que entregar su colección, dejar su biblioteca y viajar sin
la biografía que estaba escribiendo, la que esperaba que fuera su mejor obra,
su Balzac.
La
tormenta arreciaba contra sus amigos. Unos habían quedado sin dinero, otros
estaban expatriados, enfermos, sumidos en la depresión. Zweig aprovechó su
fama y escribió decenas de cartas para que recibieran a sus amigos en otros países,
ya fuera el Brasil, los Estados Unidos o Colombia. Incluso en las
conmemoraciones y eventos que los gobiernos le hacían, adelantaba con discreción
su labor fraternal. A pesar de los esfuerzos, por algunos nada pudo hacer.
Europa
no había caído en las garras del nazismo, lo había producido, había sembrado
su destrucción. Esta tempestad le permitió salir, pero le arrebató todo.
La
idea del fracaso absoluto cobró una fuerza incontrolable. Los esfuerzos de los
grandes espíritus, los avances de la ciencia y las ventajas de la democracia se
habían trucado en la pólvora de las balas, en las armas que surcaban el cielo
y diezmaban la juventud. Algunos artistas estaban desamparados e inermes,
escribiendo en el exilio; otros ya habían caído frente al régimen: unos habían
muerto; pocos se habían convertido.
Pero
el fracaso también era suyo. Las creencias que había sostenido eran repudiadas
por la realidad. Creí que, teniendo lectores en el
mundo entero, podría vivir en cualquier parte con la misma felicidad, y ahora
no me adapto a ningún lugar. ¡Izquierda, derecha, fracaso, fracaso absoluto,
sueños insensatos, grotescas ilusiones! Mi vida no fue más que una mentira
aumentada a las dimensiones de un destino. Siempre me consideré vuelto hacia el
mundo exterior, cuando en realidad solo me preocupaba de mi mismo. Hablaba sobre
el humanismo mientras me contemplaba en un espejo. Y me creía apasionado, pero
era sólo por conveniencia. Izquierda, derecha, fracaso. Toda mi vida no fue más
que un error, un mal sueño del que despierto demasiado tarde. Pero dediqué
tantas fuerzas a esa sueño que suscité el respeto y la admiración de todos, y
la gente aún eleva la mirada hacía mí.
Su
vida familiar era difícil, se había separado, fue atrapado con otra mujer en
las circunstancias más ordinarias. Sin patria, Zweig comenzó a errar por el
globo. Y llegó a América en busca de un nuevo aire. Llegó a Brasil.
No
era la primera vez que visitaba el país. Durante los treinta había pasado por
Buenos Aires, Montevideo y Sao Paulo, pronunciando conferencias sobre la situación
del viejo continente. En esta oportunidad, en 1941, se instaló junto con su
nueva esposa en Petrópolis, cerca de Río. Entabló relaciones con algunos
intelectuales y mantuvo correspondencia con sus viejos amigos, dispersos por el
mundo. Llegó a un lugar apacible y comenzó a trabajar con un vigor
extraordinario.
Escribió
un libro sobre Brasil, que le deparó una singular sorpresa. Los norteamericanos
sintieron una viva admiración por este ensayo, mientras los brasileros se
sintieron defraudados. El libro, sentenció un autor, pareciera escrito por un
enemigo del Brasil, en cuanto Zweig exaltaba la sencillez y no el progreso, las
selvas indómitas, la espontaneidad, mientras algunos cariocas querían que
hablaran de las construcciones y las avenidas. Después de todo, una obra de
Zweig en aquel entonces, colocaba a Brasil bajo la mirada del mundo.
Desprovisto
de sus cuadernos, de la mano de las traducciones de sus obras, esos “hijos
adoptivos”, el desconcierto de Zweig dio pasos rápidos y profundos. Leería
todos los días con mayor malestar los periódicos. Las noticias de sus amigos
comenzaron a faltar. De una correspondencia considerable pasó a recibir poca o
ninguna. Algunas fuentes indican que pudo haber recibido amenazas de los nazis.
Su
trabajo continuaba acompañándolo. Sin embargo el Balzac
quedaría inconcluso sin la ayuda de una biblioteca especializada, como
las que había en Europa y en Estados Unidos. Por otra parte, su autobiografía
requería una documentación más completa, faltaba la correspondencia, la sola
posibilidad de confirmar algunas referencias sobre la época que había tenido
en suerte. ¿Y su obra? ¿Y sus lectores? ¿Tendría que escribir en otro
idioma? ¿Debía dejar el alemán?
Con
todo, las lecturas se constituyeron en su principal solaz. Entre las obras de
Shakespeare, Tolstoi y Balzac, a Zweig le fue dado un último autor, Michel de
Montaigne. En el autor de Los Ensayos encontró
un clamor por la tolerancia y la libertad; también una profunda reflexión
sobre el suicido. Cuando cumplió los 60 años quiso pasar inadvertido, recibió
algunos detalles de sus allegados y escribió un deseo, que más adelante
transcribió en una de sus cartas.
Debajo
de los cabellos grises
Más
suave pasa la ronda de las horas,
Porque
el oro solo aparece en el fondo
Cuando
apuramos hasta el fin la copa.
Los
presentimientos de la noche venidera
No
alarman -¡avivan!-
Permanece
la pura contemplación del mundo,
Para
quien nada desea ya,
No
pregunta más por lo que hizo,
No
se queja por lo que dejó de hacer,
Y
únicamente es la vejez
El
delicado comienzo de su despedida.
Nunca
el panorama brilló más libre
Que
bajo el esplendor de la luz de salida.
Nunca
un hombre amó la vida con más honestidad
Que
bajo la sombra de su partida.
Zweig
le dedicó a Montaigne su último ensayo. Compuso una de sus mejores piezas,
quizá la más recordada por muchos lectores, La
novela del ajedrez, donde despliega todo su talento para el análisis
psicológico en un enfrentamiento: el campeón mundial que resulta incapaz de
jugar una partida sin observar el tablero, contra un jugador amateur que en el
cautiverio aprendió a jugar sin necesidad de piezas, de tablero y de rival.
Entre
todas estas obras, acaso ninguna fuera tan dolorosa de escribir como su
autobiografía. En un principio barajó varios títulos, quiso llamarla Mis
tres vidas, pero al final optó por el definitivo, El
Mundo de Ayer. Cuánta fuerza pudo cobrar la nostalgia en el exilio,
recordando la vida que consideraba perdida sin remedio. El lector experimenta la
rara sensación no tanto de leer un relato personal como el recuento de un mundo
a través de un testigo privilegiado. Jamás habla de sus tropiezos
sentimentales, jamás nos habla de su vida cotidiana, siempre de Europa, del
arte, de los encuentros excepcionales que tuvo en suerte: un tarde con Rodin, en
París con Rilke, oyendo los estrenos de Strauss, sentado en la mesa con Bernard
Shaw y Wells, junto con Yeats en una ceremonia especial, con Joyce tratando de
encontrar sinónimos en italiano; escribiéndole a Thomas Mann, u oyendo a uno
de sus mejores amigos, Freud. Nos habla también de la gestación de sus biografías
y novelas, recuerda y le resulta imposible dejar de hacerlo la aspiración
perpetua a la fraternidad. La nostalgia y el abandono no se opusieron a su
trabajo, sino que alimentaron la que muchos consideran su mejor obra.
Zweig
estaba dotado de una resolución única. En el ensayo que le dedicó a Casanova,
citó “Ama la vida, pero ámala como es.” Pero, ¡cómo continuar cuando
todo lo que él consideraba vivo estaba muerto! Se requerían fuerzas
descomunales para empezar de nuevo y a él sencillamente le faltaban. La idea
del suicidio lo había rondado durante años, no debía vivir hasta donde
pudiera, sino hasta donde fuera digno. Brasil tenía otro aire, pero no era el
suyo. Era imposible comenzar de nuevo, era imposible deshacerse de la nostalgia.
Como Kleist, a quien le había dedicado un ensayo, Zweig aprisionó sus
emociones y sujetó su vida cuando decidió su muerte.
En
el carnaval de Río, ante las comparsas, la música y las carrozas, le fue dado
decir: “Soy más europeo de lo que yo pensaba”. De vuelta a Petrópolis, la
guerra se recrudeció. Su sombra estaba extendiéndose por el mundo entero. Las
cifras de las bajas y la ruina aumentaron. La esperanza parecía absurda. De
repente llegó una carta. Germán Arciniegas, que trabajaba como ministro en el
gobierno de Eduardo Santos, lo invitaba a Colombia. La esposa de Zweig esperaba
que aceptara la invitación para que juntos fueran de viaje. Pero no fue así.
Zweig había atrapado su vida a cambio de la muerte. Estaba hastiado de errar
por el mundo para leer en idiomas distintos noticias siempre peores. Y como
Kleist, con una frialdad pasmosa, arregló cada uno de los detalles para su
muerte. Escribió varios borradores de su nota de despedida, compuso cartas para
sus abogados, amigos y allegados acerca de los manuscritos y el destino de sus
pertenencias, incluso redactó una disculpa para su criada; arregló el dinero,
entregó los libros que le habían prestado y para los que no pudo devolver
personalmente escribió una nota encima con el nombre del dueño. A Plucky, el
perro que le habían regalado, le halló casa; finalmente dejó su declaración
definitiva. Junto con su esposa se dio muerte ingiriendo Veronal, el 22 de
Febrero de 1942.
Fernando Galindo Gordillo
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